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IDENTIDADES SEXUALES

 

A pesar de trabajar cotidianamente con el tema, nos resulta tremendamente difícil definir la sexualidad en pocas palabras.  La sexualidad reside en nuestro cuerpo pero lo trasciende, implica comunicación, maneras de relacionarse con otras personas, sueños, pensamientos, deseos, placer y peligro, pero tal como se define y se vive en la actualidad por la mayoría de las personas nos parece un acto clasificado y dividido.

Hablar de identidades sexuales nos parece también fragmentar la experiencia de la sexualidad. Señalar a las personas como heterosexuales, bisexuales, transexuales, lesbianas u homosexuales es fragmentarlas, encasillarlas en una etiqueta.  Lo paradójico del asunto es que algunas veces estas experiencias de identificación pueden ser un primer paso para vivir la sexualidad de manera más liberadora.

             Nos parece necesario tratar de entender cómo surgen estas clasificaciones de la experiencia sexual para poder vislumbrar con más claridad qué importancia tienen en la vida de las personas.

 

De cómo aparecieron los homosexuales en los textos de medicina

Las concepciones sobre la homosexualidad han variado a través del tiempo.  Antes del siglo XVIII las prácticas sexuales eran juegos, lícitos algunos, prohibidos otros.  A la relación anal, por ejemplo, se le denominaba sodomía, y era prohibida por la religión por considerársele pecado, sin embargo, sólo se consideraba crimen en el ámbito civil aquel acto sodomita en el cual se daba la penetración anal entre dos hombres; además, existían diferentes denominaciones de tal hecho, ya que si en esa relación entre dos hombres la eyaculación se realizaba dentro, se llamada sodomía perfecta, mientras que la penetración anal de un hombre con una mujer era llamada sodomía imperfecta.

En el último tercio de¡ siglo XVIII aparecieron nuevas concepciones sobre la homosexualidad.  La sodomía dejó. de considerarse una aberración momentánea para convertirse en el signo de identidad de un enfermo psíquico o un degenerado.  El Dr. Benkert acuñó el término homosexualidad en 1869 transformando la práctica en un carácter fijo; a las personas que obtenían placer en dichas prácticas sexuales se las transformó en personajes con historias a descifrar, con un pasado, presente y futuro en cuya determinación el punto central era esa inclinación perversa.  Así entra el homosexual en la historia con anterioridad a su contraparte: el heterosexual.  Las nuevas "especies" sexuales empezarían a proliferar en adelante y las prácticas sexuales fueron sancionadas por la medicina como normales o anormales.

El discurso médico del siglo XIX transformó los comportamientos sexuales en identidades sexuales, que llevaron a la estigmatización de los homosexuales.  La identidad sexual se convierte así en destino, afirma Weeks (1987).  Aunque las prácticas sexuales fueron catalogadas de acuerdo a cánones morales, desde entonces se ha hecho todo lo posible por dotar de argumentos científicos la afirmación de que la heterosexualidad es la única natural, mencionando factores endocrinológicos, genéticos y psíquicos como causas de la desviación de esta norma.  En varios años de investigación, sin embargo, ninguno de ellos ha probado ser definitivo para explicar la variedad de prácticas, conductas e identidades sexuales de los seres humanos.

Siguiendo a la medicina, algunos psiquiatras y sexólogos estudiaron la homosexualidad.  Freud planteó la idea de la bisexualidad originaria ya que al nacer, la gratificación sexual del niño y niña no tiene un objeto definido, se satisface de diferentes maneras.  Esta constatación hizo plantear a Freud la idea de la bisexualidad originaria que se iba orientando 'adecuadamente' a través del proceso de socialización y de la resolución de los conflictos internos, y donde la madurez implicaba una plena relación heterosexual.  Otros autores, como Stolier y Friedman, consideran la homosexualidad como una preferencia sexual más que un conjunto de síntomas y signos uniformes.

Probablemente, ninguna otra manifestación humana ha hecho correr tanta tinta como la homosexualidad.  Investigaciones, estudios, encuestas de todo tipo se han realizado para tratar de entender dónde surge la desviación, en qué momento de la infancia, e incluso de la concepción, se puede detectar.  Sin embargo, ninguno de esos numerosos análisis ha podido determinar la causa, seguramente porque no la hay, porque existen tantas causas como homosexuales, floreciendo cada día más en múltiples y diversas expresiones.

Y las lesbianas, ¿dónde están?

No es una casualidad que lo que haya llamado tanto la atención de los estudiosos en la materia sea la relación sexual de un hombre con otro hombre ya que la sexualidad femenina ha sido una de las grandes ausentes de esta historia. Definida en función de la masculina, relacionada íntimamente con la maternidad, considerada más sensualidad que sexualidad, es decir, expresión etérea y difusa no centrada en la genitalidad, con un deseo minimizado a riesgo de ser consideradas putas -ofensa grave que aniquila el honor de quienes la reciben-, las mujeres han tenido que vivir en la ignorancia y represión de su sexualidad. En consecuencia, poca atención ha merecido la relación sexual que se puede establecer entre dos mujeres.

El feminismo y su análisis de la sexualidad fue una posibilidad teórica y práctica para descubrir y legitimar el deseo de las mujeres, sin embargo, la relación entre feminismo y lesbianismo está lejos de ser una historia de encuentros y amores perpetuos por más que la gente tilde a toda feminista de ser lesbiana.  Todavía hoy, podemos encontrar que a muchas mujeres del movimiento feminista les urge aclarar su heterosexualidad y decir que están felizmente casadas y son madres, deslindando sus convicciones políticas de prácticas sexuales censurables por la sociedad y que puedan comprometer la seriedad de su movimiento.

Para otras feministas el lesbianismo no es solamente una categoría sexual, lo conciben como una definición política que orienta su relación emocional con todas las mujeres.  Adrienne Rich, por ejemplo, diferencia claramente la experiencia homosexual de la lésbica al ubicar esta última como la manifestación de la naturaleza afectuosa y solidaria de las mujeres en donde la relación sexual es un mero complemento, pero no lo más importantes.

  Desde nuestro punto de vista, esta consideración del lesbianismo como opción política y, en consecuencia, única práctica consecuente con una supuesta naturaleza femenina, es una manifestación más del esencialismo sexual que define existencias únicas y estáticas.  Nuestro compromiso se centra en el reconocimiento de la diversidad de prácticas sexuales y el respeto a la libre opción sexual de cada persona.  Para nosotras es más importante luchar por una visión de la sexualidad que no nos encasille a ninguno de los géneros, que hacer una lucha específica por las lesbianas.

Ahora bien, no dejamos de reconocer que las vivencias lésbicas y homosexuales son distintas en nuestra sociedad en la medida que son rechazadas y perseguidas, de ahí que hacemos énfasis en ellas porque en nuestra realidad mucha gente, cuyo deseo sexual no se orienta hacia las personas del otro sexo, viven con dolor su preferencia y probablemente quisieran evitarla para no tener que sufrir persecución o desazón interno. 

La reivindicación política de los derechos de lesbianas homosexuales

La idea de minoría sexual tiene sobre todo una connotación política pues afirma la necesidad de reivindicar derechos (Weeks, 1993).  Sin embargo, las personas que conscientemente se adscriben a una llamada minoría sexual no son necesariamente todas las personas que tienen esas prácticas ni necesariamente todas las que sienten el deseo y no llegan a llevarlo a la práctica. 

8 Adrienne Rich citada en Weeks, 1993

 Los estudios de Kinsey, por ejemplo, mostraron que, en Estados Unidos, el 37% de los hombres habían tenido prácticas homosexuales aunque solamente el 4% de ellos se consideraban, a mismos homosexuales.  Esa constatación llevó a Kinsey a plantear su escala de homosexualidad que iba desde las prácticas ocasionales hasta la vivencia de una identidad homosexual. 

En nuestro país no tenemos estudios de este tipo que nos permitan saber qué tantas prácticas homosexuales o lésbicas existen, además de que tendríamos la desventaja de encontrar un fuerte subregistro pues debido a la condena moral de estos comportamientos, difícilmente se declararían.

De cualquier manera, estamos convencidas de que no toda práctica sexual lleva a la definición de una identidad, es decir, no todas las personas que tienen relaciones homosexuales o lésbicas ocasionales o regulares se sienten homosexuales o lesbianas y menos todavía tienen deseos de reivindicar sus derechos como tales. 

Aunque creemos que se ha avanzado un poquito en el respeto a los derechos de lesbianas y homosexuales, todavía queda mucho por hacer en este terreno y nos parece importante diferenciar nuestro compromiso con esta lucha, que para nuestra Fundación es central, de la aceptación de la existencia de identidades sexuales que parcializan la existencia de las personas.

Pensamos que la vivencia sexual de cada persona es como una huella digital, única y que para ciertas mujeres y hombres el reclamarse lesbiana, homosexual, bisexual o transexual constituye un rasgo importante de su identidad, en tanto que para otros y otras no es así; nos parece fundamental respetar los distintos procesos individuales que lleven a la afirmación de las diversas prácticas sexuales sin que se quiera imponer un solo modelo de obligatorio recorrido para todas y todos. 

Lo más importante, insistimos, es el reconocimiento de nuestra plasticidad sexual, misma que puede orientar nuestros deseos hacia personas de distinto sexo y no siempre, ni necesariamente, convertir esas inclinaciones en prácticas.  Las identidades sexuales son más un compromiso individual que una idea prefijada que tenga que mantenerse a lo largo de la vida.

Nuestras dificultades para poner en palabras ese oscuro objeto que es el deseo

Para entender la variedad de elección del objeto sexual tenemos que preguntarnos sobre el significado del deseo, ese continuum enormemente moldeable que surge a pesar de las prohibiciones y que también se limita por ellas.  El deseo es involuntario pero tiene una vida: nace, vive, evoluciona, envejece, cambia y muere (Tisdale, 1994).  Cada persona puede rehacer la historia de sus deseos y seguramente se sorprenderá de su complejidad, de hecho, ese es un ejercicio que constantemente practicamos en nuestros talleres, llevando a las mujeres a rescatar sus vivencias sexuales desde temprana edad para que puedan reconocer la variación y plasticidad de sus deseos.

Tratar de definir el deseo en palabras siempre va a tener limitaciones, nuestro lenguaje no alcanza para explicar lo que sentimos cuando escuchamos una música, cuando paladeamos algo que nos gusta, cuando oímos una voz agradable, ¿con qué palabras definimos ese hormigueo que nos recorre la piel cuando sentimos que algo nos gusta?  Muy pocas alcanzarían, el intento implicaría una manipulación de las sensaciones que nunca nos dejaría total satisfacción.

¿Qué nos provoca o no el deseo?, ¿por qué una persona nos lo provocó antes y ahora no?, ¿por qué personas con las que no iríamos a tomar un café nos provocan fantasías sexuales?, ¿por qué no nos imaginamos a nuestra mejor amiga o amigo como pareja sexual?  Todas esas situaciones a las que nuestra lógica racional no alcanza a dar respuesta tienen sus profundas raíces en nuestro inconsciente, ese espacio desconocido y al que a veces accedemos a través del autoconocimiento, de los sueños, de los actos fallidos.

 El deseo es multicausal e individual, en este sentido no hay ninguna explicación biológica, social ni psicológica que pueda dar una sola respuesta a nuestros deseos; podemos recorrer su historia, avergonzarnos de ellos, maravillarnos de su persistencia, encolerizarnos con lo inoportuno de su aparición, intentar domesticarlos, pero difícilmente explicarlos a cabalidad.

Pero, después de toda esta disertación ¿nos hemos aclarado algo sobre el deseo?  Puede que no y no tenga importancia disecarlo en una páginas, lo más urgente es liberarlo de las ataduras que nos obligan a reprimirlo, transformarlo o negarlo.  Quizá cuando avancemos en esa tarea sea más fácil entenderlo.

 


 

Nuestras Concepciones Sobre Sexualidad

Fundación Xochiquetzal

Managua, Nicaragua, 1998